En una escena reminiscente de los aullidos y golpes en el pecho proferidos por semi-evolucionados simios en el preludio de 2001: A Space Odissey (Stanley Kubrick, 1968), los presidentes de Estados Unidos y Turquía, Donald Trump y Recep Tayyip Erdogan, intercambiaron amenazas económicas en torno a un diferendo disparado por la detención del pastor evangelista Andrew Brunson (detenido por las autoridades turcas por presunto involucramiento en el intento de golpe de Estado contra Erdogan de julio de 2016), pero que encuentra raíces más profundas en otros temas tales como el apoyo de Estados Unidos a las fuerzas kurdas en Siria o las violaciones a las sanciones a Irán. En repudio a la negativa de las autoridades turcas a liberar al pastor Brunson, el presidente Donald Trump “tuiteó” la imposición de aranceles a la importación de metales desde Turquía, lo que fue respondido por Erdogan mediante un llamado al boycot de productos norteamericanos, especialmente electrónicos. Sin perjuicio de los loables propósitos de Trump, procurando la libertad de un ciudadano norteamericano sobre el que no parece recaer evidencia de culpabilidad alguna, apartarse de las reglas de juego del comercio internacional no parece ser el medio más apropiado para ese fin, máxime cuando está siendo utilizado por el propio Erdogan como un medio para acentuar la legitimidad de su régimen ante las “muestras de agresión de Occidente”.